Hay noticias que, vistas de reojo, suenan a buena nueva. Samsung Art Store y Artists Rights Society, la organización que gestiona los derechos de miles de artistas y herederos, acaban de anunciar una alianza para licenciar obras directamente en las pantallas de los televisores Art TV. Arrancan con una colección de LeRoy Neiman y prometen más en los próximos meses.
Sobre el papel, todo encaja. El artista cobra, el público accede, la obra viaja. Y, sin embargo, algo chirría.
Una pantalla no refleja la luz: la emite. Un cuadro tiene espesor, huella, escala, un óleo que respira de manera distinta según la hora del día. Quien se ha plantado delante de un Hopper sabe que no es lo mismo que verlo en una pantalla, por muy buena que sea. Lo que se muestra en el salón es una fotografía luminosa de la obra, no la obra.

Luego está el modelo. El catálogo supera las 5.000 obras y se accede mediante suscripción, que en Estados Unidos ronda los cinco dólares al mes. El arte deja de ser algo que se posee o que se visita para convertirse en algo que se alquila. Y lo que se cambia con un clic, cada día, cada hora, corre el riesgo de no mirarse nunca. La contemplación necesita tiempo y convivencia. Un cuadro que no cambia te obliga a volver sobre él, y ahí es donde empieza a decirte algo.
Tampoco conviene el snobismo. Hay mucha gente que nunca pisará un museo, y ver un Pollock en casa es mejor que no verlo. Y es de agradecer que haya licencias y derechos de autor de por medio, en tiempos en que tantas imágenes se usan sin pedir permiso a nadie. La pregunta incómoda es otra: ¿cuánto de ese flujo llega realmente al artista, sobre todo al vivo, al que no tiene fundación ni herederos con abogados?
El peligro no es la tecnología, sino la confusión entre acceso y experiencia. Tener miles de obras a un botón no es lo mismo que tener una delante. Si el arte se vuelve papel pintado de lujo, un fondo que acompaña la cena, habremos ganado audiencia y perdido mirada.
Como pintor, no puedo evitar sonreír ante una ventaja que ningún algoritmo me quitará: mi obra sigue ahí cuando se va la luz.
Un cuadro no necesita enchufe. Ni suscripción
