El arte no tiene por qué gustarte

Hay una frase que se repite con frecuencia cuando alguien contempla una obra: «A mí no me gusta». En muchas ocasiones, la conversación termina ahí, como si esa reacción bastara para establecer el valor de lo que tenemos delante. Sin embargo, quizá no sea la pregunta más adecuada.

Una obra de arte no tiene la obligación de resultar agradable, comprensible o atractiva desde el primer momento. Puede incomodarnos, aburrirnos, enfadarnos o desconcertarnos y, aun así, estar cumpliendo una función relevante. El arte no siempre busca confirmar nuestras preferencias; a veces pretende ponerlas en cuestión.

En los últimos años hemos convertido el «me gusta» en una medida de valor cada vez más extendida. Si una imagen funciona en Instagram y acumula reacciones positivas, tendemos a considerarla acertada. Si sucede lo contrario, sospechamos de la obra o del artista. Pero la popularidad inmediata no siempre coincide con la calidad, la profundidad o la capacidad de permanencia de una propuesta artística.

¿Arte para mirar o arte para provocar?

Durante mucho tiempo, el arte estuvo estrechamente vinculado a la belleza. Existía una expectativa clara: una pintura debía estar bien ejecutada y una escultura debía responder a determinados criterios formales.

Las vanguardias modificaron radicalmente esa relación. El arte dejó de aspirar únicamente a representar el mundo y comenzó también a cuestionar sus códigos, sus instituciones y sus propias definiciones. El urinario que Marcel Duchamp presentó como obra de arte podía parecer una provocación absurda, pero obligaba a formular una pregunta mucho más compleja: ¿dónde empieza realmente una obra de arte?

¿En el objeto? ¿En la intención del artista? ¿En el contexto? ¿En la mirada del espectador?

Desde entonces, el arte ha aprendido a desenvolverse en terrenos incómodos. Esa incomodidad no es necesariamente un defecto; en muchos casos, es lo que permite que una obra trascienda su apariencia y genere una reflexión que no se agota en el primer vistazo.

El problema de querer gustar a todo el mundo

Como artista, hay algo que me preocupa especialmente: la necesidad de gustar. No me refiero a vender una obra. Un artista tiene derecho a vivir de su trabajo. El problema aparece cuando la reacción del público se convierte en el criterio principal durante el proceso creativo.

¿Funcionará? ¿Lo entenderán? ¿Les parecerá bonito? ¿Será demasiado oscuro o extraño? ¿Tendrá suficientes «likes»?

Si uno empieza a hacerse todas esas preguntas antes de pintar, corre el riesgo de dejar de trabajar sobre aquello que necesita expresar para producir lo que imagina que los demás desean ver. La obra puede ser técnicamente correcta, agradable y perfectamente presentada. También puede ser, por esa misma razón, fácilmente olvidable.

La búsqueda de aceptación elimina el riesgo, pero el riesgo es una parte esencial de cualquier proceso creativo. Una obra que no se expone a la posibilidad de fracasar difícilmente podrá descubrir algo nuevo.

Una obra que no incomoda puede no estar diciendo demasiado

No creo que toda obra deba provocar ni que para ser un buen artista haya que escandalizar. La provocación por la provocación termina siendo tan previsible como la decoración. Sin embargo, sí pienso que una obra interesante debería contener algo capaz de detener nuestra mirada: una duda, una contradicción, una emoción o algo que no termine de encajar.

Cuando comprendemos una obra por completo en apenas unos segundos, podemos disfrutarla, pero es menos probable que permanezca con nosotros. En cambio, hay trabajos que generan cierta resistencia. Los observamos de nuevo, cambiamos de distancia, buscamos una explicación y, quizá al día siguiente, seguimos recordándolos.

Para mí, ahí comienza algo importante: no necesariamente en la belleza ni en la facilidad de lectura, sino en la capacidad de una obra para abrir un espacio de pensamiento que continúa después de haber abandonado la sala o cerrado la pantalla.

¿Qué ocurre cuando el público se enfada?

Una cosa es que una obra no guste y otra que ofenda. Existen límites legales y éticos, y el arte no se desarrolla al margen de la sociedad ni de sus consecuencias.

Pero pensar que una obra debe evitar cualquier posibilidad de incomodar nos conduce a un arte domesticado: un arte que no contradice, que no cuestiona y que pide permiso antes de hablar.

No toda ofensa demuestra que una obra sea valiosa, del mismo modo que toda provocación no la convierte en relevante. Pero la reacción negativa del público tampoco debería ser, por sí sola, un argumento suficiente para silenciarla. Una sociedad culturalmente madura debería ser capaz de distinguir entre una obra que plantea un conflicto necesario y otra que utiliza la provocación como recurso vacío.

El espectador también tiene una responsabilidad

También tenemos derecho a decir: «No me gusta». No estamos obligados a entender todas las obras, admirarlas ni estar de acuerdo con ellas. El rechazo forma parte de la experiencia artística.

Lo que deberíamos recuperar es la posibilidad de no coincidir sin transformar inmediatamente el desacuerdo en una condena. Una obra puede parecerme mala y, al mismo tiempo, resultar interesante. Puede estar mal ejecutada y contener una idea extraordinaria; puede estar magníficamente pintada y no decirme absolutamente nada.

El arte no es una competición con una clasificación definitiva. Su valor no depende de una respuesta unánime ni puede reducirse a una puntuación. La experiencia estética es más ambigua y, precisamente por eso, más rica.

El peligro de las redes sociales

Las redes sociales han acercado el arte a millones de personas y han permitido que muchos artistas encuentren un público. Sin embargo, también han introducido una medida peligrosa: la reacción inmediata.

Una imagen aparece, la vemos durante unos segundos, pulsamos un corazón y pasamos a la siguiente. Ese mecanismo puede servir para difundir una obra, pero no necesariamente para comprenderla.

Hay obras que necesitan tiempo, cuadros que requieren distancia e imágenes que solo empiezan a hablar cuando dejamos de exigirles una explicación inmediata. Incluso el silencio forma parte de la experiencia artística, aunque no tenga un botón de «me gusta».

El problema no está en las redes, sino en permitir que su lógica determine por completo nuestra manera de crear y de mirar. Cuando una obra se diseña pensando antes en su rendimiento digital que en su necesidad artística, la imagen corre el riesgo de convertirse en contenido y el espectador, en una cifra.

¿Pintamos para nosotros o para los demás?

Cuando pintamos, queremos que alguien mire. El arte necesita un espectador, incluso cuando nace de una necesidad íntima. Pero una cosa es querer ser visto y otra pintar únicamente para ser aceptado.

Cuando empiezo una obra, intento no pensar demasiado en si gustará. Procuro que tenga sentido para mí, que contenga una razón para existir y que me provoque algo durante el proceso. Después llegará el espectador y hará con ella lo que considere: la interpretará, la rechazará o pasará delante sin detenerse.

Todo eso forma parte de la obra. El artista puede controlar su intención, pero no la lectura que los demás harán de ella. Y quizá esa pérdida de control sea una de las condiciones más interesantes del arte.

El derecho a equivocarse

Vivimos en una época en la que todo parece tener que funcionar. La fotografía debe ser perfecta, la exposición impecable, el artista reconocible y la obra acompañada de un discurso claro. Si es posible, todo debe funcionar también en las redes sociales.

Son demasiadas exigencias para una actividad que nació, en buena medida, de la necesidad de investigar y dar forma a aquello que todavía no sabemos explicar. Quizá deberíamos permitirnos volver a equivocarnos: pintar algo que no gusta, crear algo que no se entiende o realizar una obra que fracasa.

Si eliminamos por completo el riesgo de equivocarnos, también eliminamos una parte esencial de la creación. La obra puede perder precisión, pero también la posibilidad de sorprendernos.

Una conclusión incómoda

No sé si una obra tiene que gustar. Cada vez estoy más convencido de que no.

Creo que una obra debe provocar algo: rechazo, indiferencia, una pregunta o una discusión. Cuando consigue que alguien se detenga y piense, aunque sea para decir «esto no me gusta nada», ya ha producido una reacción que va más allá del consumo inmediato de una imagen.

Porque quizá el verdadero fracaso de una obra no sea que no guste.

Quizá sea que nadie tenga nada que decir sobre ella.

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