Obra 75 x 50 cm
Técnica mixta sobre papel Hahnemühle
Colección: Vibratio
Año 2025

La obra, ejecutada en escala de grises, muestra una composición cargada de dramatismo y simbolismo. Dos figuras humanas emergen entre una densa atmósfera nebulosa que se expande como nubes o explosiones suspendidas. Una de ellas, con el cuerpo inclinado hacia adelante, parece extender la mano hacia la otra, que permanece erguida, rígida, sumida en la sombra. La textura pictórica se construye con manchas y veladuras que generan un efecto etéreo y al mismo tiempo opresivo, reforzado por los trazos descendentes que evocan lágrimas, lluvia o hilos que atan. El contraste entre las zonas luminosas y oscuras confiere un aire teatral, casi visionario, a la escena.

La luz y la sombra se enfrentan como dos almas que buscan tocarse sin alcanzarse del todo. Una figura avanza con el ímpetu de la esperanza, extendiendo su gesto, mientras la otra, enigmática, se consume en la quietud de su silencio. Entre ellas, la niebla se levanta como testigo y cárcel, sofocando el grito que nunca se pronuncia. Es la condena de la expresión: un instante suspendido donde la voz se ahoga, el deseo tropieza con lo imposible y la comunicación queda atrapada en un mar de grises infinitos.
La pintura parece situarse en el umbral entre lo humano y lo inefable. La figura que se proyecta hacia adelante representa la pulsión vital, la necesidad del ser humano de expresarse, de alcanzar al otro, de traspasar los límites de lo interno para convertirse en palabra, gesto o contacto. La otra figura, en penumbra y estática, encarna la resistencia: la imposibilidad de la comunicación plena, la censura, o incluso la propia autocensura que encadena la voz.
Las manchas nebulosas que rodean la escena actúan como metáfora del lenguaje: son densas, fluidas, mutantes, y a la vez ocultan más de lo que revelan. Lo que debería ser puente entre dos sujetos se convierte en una barrera, un territorio ambiguo donde la expresión se diluye y pierde fuerza.
El blanco y negro no es mera elección estética: enfatiza la tensión binaria entre lo dicho y lo callado, lo visible y lo oculto, lo permitido y lo prohibido. En este sentido, la obra dialoga con el concepto de “liminalidad” en el arte contemporáneo: ese estado intermedio donde los cuerpos y los significados se encuentran atrapados en una transición perpetua.

En el marco actual, donde la comunicación parece inmediata y global, esta obra adquiere una carga crítica: nos recuerda que la sobreabundancia de signos no necesariamente garantiza el entendimiento. Más bien, la saturación puede crear nuevas formas de silencio, nuevas condenas de la expresión.
La pieza se inserta en la tradición del arte de denuncia y reflexión existencial, evocando tanto la imposibilidad de comunicar lo más íntimo como la violencia estructural que silencia discursos. Su gestualidad pictórica recuerda la influencia del expresionismo y del arte abstracto, pero anclada en una narrativa figurativa mínima que otorga al espectador una clave humana y cercana.
En última instancia, la obra no ofrece redención: muestra la lucha eterna entre la necesidad de hablar y la certeza de que las palabras —o las imágenes— nunca alcanzan a decirlo todo. Esa tensión irresuelta es, precisamente, su fuerza poética y crítica.
