Vibratio. La colección

Obra: el abrazo eterno

Todo lo que existe vibra.

Desde la partícula más diminuta hasta la inmensidad de una galaxia, la vida se manifiesta como oscilación, resonancia, movimiento perpetuo. Esa vibración —a veces imperceptible, a veces desbordante— sostiene el tejido del universo y, al mismo tiempo, atraviesa nuestros cuerpos y emociones.

“Vibratio” nombra esa fuerza invisible. No se trata solo del temblor físico de la materia, sino también del estremecimiento interior: la vibración del recuerdo, del deseo, del miedo o del amor. Cada cuadro de esta colección nace de la certeza de que todo lo real late con un pulso secreto, un ritmo que enlaza lo íntimo con lo cósmico.

Estas obras no se presentan como objetos fijos, sino como campos de energía. Sus colores, texturas y silencios emiten ondas capaces de atravesar al espectador, despertando en él una respuesta que no siempre es racional, pero sí profundamente sensorial. El arte vibra porque toca, porque resuena, porque abre un espacio donde lo visible y lo invisible se encuentran.

En este sentido, “Vibratio” se entiende como metáfora de la comunicación entre mundos: lo material y lo espiritual, lo científico y lo poético, lo individual y lo colectivo. La vibración es puente, es diálogo, es frecuencia compartida.

Al recorrer esta colección, cada mirada se convierte en resonancia. No se trata solo de observar, sino de dejarse afectar por aquello que vibra: el temblor de una línea, la reverberación de una imagen, la pulsación de una forma.

“Vibratio” nos recuerda que somos parte de una inmensa sinfonía vibrante. Que nuestro cuerpo, nuestra memoria y nuestra sensibilidad están hechos de la misma materia que palpita en la tierra y en las estrellas. Y que el arte, en su esencia más profunda, no es otra cosa que vibración compartida: un eco que viaja de un ser a otro, multiplicándose en cada mirada.

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