Sin raíces no hay vanguardia

Por qué un artista necesita conocer el pasado para construir su propio futuro

Existe una idea cada vez más extendida en determinados ámbitos de la enseñanza artística: para formar artistas contemporáneos hay que mirar hacia delante y dejar atrás los modelos del pasado.

Es un error.

Un artista debe conocer lo que sucede hoy, investigar los lenguajes emergentes y estar abierto a lo que todavía está por venir. Pero la contemporaneidad no puede construirse sobre el desconocimiento de la tradición.

Porque una cosa es romper las reglas y otra muy distinta es no saber que existen.

Picasso recibió una sólida formación académica antes de transformar radicalmente la representación. Matisse estudió y copió a los grandes maestros. David Hockney, plenamente contemporáneo en su utilización de nuevos medios, ha reivindicado en numerosas ocasiones la importancia del dibujo y de aprender a mirar.

Ninguno necesitó ignorar el pasado para ser moderno.

Lo estudiaron para poder transformarlo.

Y esta cuestión es fundamental cuando hablamos de formación artística. Aprender dibujo, composición, color, anatomía, perspectiva, luz o diferentes procedimientos no significa imponer al alumno una determinada estética. Significa ampliar sus posibilidades.

Un artista que conoce una sola herramienta tiene pocas opciones. Uno que conoce muchas puede elegir.

Puede utilizar la tradición, cuestionarla, deformarla, mezclar técnicas o abandonarla completamente. Pero esa decisión tendrá mucho más valor cuando nace del conocimiento y no de la carencia.

Enseñar herramientas, no imponer caminos

Esta es la filosofía desde la que planteo mis Talleres Creativos.

No me interesa formar alumnos que pinten como yo ni reproducir un estilo determinado. Me interesa que cada persona pueda descubrir progresivamente qué quiere decir y cómo quiere decirlo.

Por eso la formación parte de una base técnica sólida, pero no termina ahí. Trabajamos diferentes técnicas, procedimientos y recursos; estudiamos referencias; analizamos obras; experimentamos y, sobre todo, aprendemos a mirar.

Después comienza lo verdaderamente importante: la búsqueda personal.

Cada alumno tiene una sensibilidad, una experiencia y una manera de entender el mundo. Mi función como profesor no es sustituirlas por las mías, sino proporcionar herramientas para que puedan desarrollarse.

La técnica, en ese sentido, no es el destino.

Es el lenguaje que permite que una idea pueda convertirse en obra.

El objetivo final: encontrar una voz propia

Quizá el verdadero fracaso de una formación artística no sea que un alumno no domine una determinada técnica, sino que termine haciendo exactamente lo que se espera de él.

Una buena formación debería producir justamente lo contrario: personas capaces de tomar decisiones, cuestionar, experimentar y construir un lenguaje propio.

Por eso creo en una enseñanza que combine los dos extremos que a menudo se presentan como incompatibles: el conocimiento de los clásicos y la libertad de la creación contemporánea.

Las raíces no tienen por qué limitar el crecimiento de un árbol. Son precisamente las que permiten que crezca.

Y esa es, en definitiva, la razón de ser de mis Talleres Creativos: aprender de quienes nos precedieron, conocer todas las herramientas posibles y, sobre esa base, encontrar el camino que pertenece únicamente a cada artista.

Porque formar a un artista no consiste en enseñarle qué debe pintar.

Consiste en darle las herramientas para que pueda descubrir qué necesita pintar.

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